
Se huele y el aire me devuelve olor a muerte.
Se siente, y mi alma grita de dolor por no saber dónde queda la misericordia.
Se palpa, y mis manos llenas de polvo y sangre, están queriendo atrapar la redención.
Se ve, el paisaje es negro, como una noche eterna llena de fantasmas.
Se oye, y la letanía de un ruego multiplicado por cientos se transforma en réquiem.
Se huye, y no es cobardía, es simplemente un loco desvarío hacia la nada.
Se pide, y a pesar del hábito de hacerlo, esta vez un sonido gutural atraviesa mi garganta seca.
¿Cómo se vuelve a la felicidad?
¿En qué recodo de la vida el gozo por vivirla está escondido?
¿Será cierto este desconsuelo y este imposible reencuentro con mis raíces intactas?
y
¿Dónde encuentro a Dios para decirle que necesito su mano, para calmar tanto dolor?
Estoy desposeído, vacío y hueco en un paisaje ajeno a mí.
No sé si el próximo NN seré yo.
Estoy muy cansado, tengo sed y hambre.
Hace ya muchos días que no duermo.
Ahí, cerca de lo que fue mi casa, está la silla de mi abuela.
Tal vez y a pesar de sus patas rotas, me de descanso.
O se transforme dentro de mi pesadilla en la silla eléctrica que me redima.
ALICIA CORA FERNÁNDEZ