
Como una urraca vieja y avariciosa, acopiaba cosas, retenía recuerdos
y a veces olvidaba que los minutos preciosos de la vida son efímeros y no coleccionables.
La mudanza la encontró sentada en el centro de un mundo hecho con retazos.
Se fabricó un par de brazos extra y presentó batalla a los recuerdos.
Bolsas, cajas, sobres, todo un maremoto infernal que la invadía de prepo.
No tenía mucho tiempo, ya que el nuevo dueño llegaría pronto.
En su poder, la vida y la muerte, de aquellos que le sonreían desde una foto.
En una valija, encontró el vestido de casamiento de la abuela,
con su tela ardida y amarilla pintada por un almanaque impiadoso.
¿Y si lo guardo?, pensó… sus nietas la valorarían como antigüedad.
La risa sonó a campanazo en la casa vacía y se sintió ridícula.
Fue a la basura, no sin antes haberle dado un fuerte beso que se llevó, quién sabe adónde.
Viajó en foto a un verano del 56, caminando sobre una playa desierta
y saboreando en la boca aquel beso robado en un bosquecito cercano..
El placard con sus tazas, platos y cubiertos sin uso real, abrió puertas suplicando,
que lo liberara de su carga, y para regocijo del cartonero del barrio, fueron también basura reciclable..
Pasó al ropero con espejo en luna llena y acomodó la cara entre los pliegues de una blusa,
el perfume inconfundible de mamá trepó por su nariz y le emborrachó de ternura el corazón.
Mató emociones y aquietó el correr de la sangre, supo esconder para siempre las quimeras.
Una bolsa de plástico negro como las de la morguera tragó la ropa embalada casi sin mirar.
En la iglesia cercana el sacerdote, le dio las gracias por esa ayuda para los necesitados
No le dio recibo, tampoco se lo pidió y así dejó partir a ese bagaje de olvidos forzados.
Cerró archivos, acomodó las telarañas de sus ojos y regaló sueños imposibles.
Los recuerdos a veces caminan en silencio por su cuerpo,
se le meten en el alma y le dicen que aquel día disfrazó su cobardía
con una capa de valentía que nunca sintió y pudo sepultarlos a pesar de sus gritos llamándola.
Ahora, el nuevo dueño, abre ventanas con cristales de sol, le ayuda estrenar sonrisas
y trata de darle nueva vida al alma desolada que se esconde vestida con lutos.
ALICIA CORA FERNÁNDEZ